GUERRA DE CLASES.

agosto 20, 2009

Opiniones sobre sindicalismo y anarquismo: La unidad de la clase trabajadora.

Nosotros nos definimos anarquistas y nos organizamos políticamente en
cuánto tales, pero la mayoría de los trabajadores no se define anarquista.
Como sabemos, el anarquismo es una ideología clasista: se construye desde
la lucha de clases, tomando partido por los trabajadores y defendiendo sus
intereses. Nosotros creemos que, en este sentido, el anarquismo es la
ideología más consecuente entre las ideologías socialistas, puesto que
defiende al trabajador de la patronal (atacando a la explotación
capitalista) pero también lo defiende de otros tipos de opresión.

El carácter antiestatista de la ideología anarquista clausura la posibilidad
de un “gobierno” revolucionario que oprima tanto o más que la dictadura
del capital. [1]

Volviendo al primer punto, afirmábamos que nosotros somos anarquistas pero la mayoría de la clase trabajadora no. De hecho, muchos compañeros
trabajadores se reivindican peronistas, radicales; los hay marxistas en
menor proporción. Y hay grandes sectores de la clase trabajadora donde la
definición política brilla por su ausencia: nos referimos a los
trabajadores que el sistema ha expropiado casi totalmente (aunque sea de
modo momentáneo) de su voluntad por encarar un proyecto colectivo de
lucha, que es lo que en definitiva marcaría su grado de politización.

Y si todos los trabajadores, obreros o empleados, de un establecimiento,
son explotados por la misma patronal… si todos los trabajadores de una
región son gobernados y por tanto, oprimidos, rebajados, por un mismo
Estado? ¿Cómo nosotros, los anarquistas, que decimos defender la causa de
los trabajadores, vamos a generar más divisiones? La primera lección de
Maquiavelo es “divide y reinarás” y los anarquistas no debemos caer en la
trampa del exclusivismo y el sectarismo.

Antes de adentrarnos en el tema principal de esta nota, vamos a aclararle
a los falsos “puristas” que hacemos propia la opinión de Kropotkin cuando
dice: “Mantienen [determinados compañeros separados del movimiento obrero]
la pureza de los principios, quedando fuera, no interviniendo en ningún
asunto social, lo que no trae ningún mérito ni ninguna ventaja. Hay que
mantener los principios trabajando con los demás, en medio de los
otros.”[2]

No nos acercamos al movimiento obrero para dividir sino para unir: unir a
los trabajadores de base contra la patronal, la burocracia y el Estado. Y
la clave para esta unidad se encuentra en la realidad misma, en lo
cotidiano. No son necesarios grandes debates eruditos. Hay un terreno en
el que los trabajadores deberían reconocerse como iguales y desde donde es
posible forjar la unidad: en el trabajo.

El acto de trabajar, más aún, el monopolio de la fuerza de trabajo, es lo
que le debe dar un carácter potencialmente revolucionario a la clase
trabajadora. Es el atributo que divide aguas: respecto del burgués,
respecto del burócrata, respecto del gobernante. El trabajo es tan
importante que durante años esta tríada maldita nos ha hecho creer que lo
suyo también era trabajar y que lo hacían más que nadie.

El capitalismo reúne a cientos y miles de trabajadores, los concentra en
un punto y los hace trabajar mancomunadamente. Forja su estructura en base
a la actividad que nos vuelve humanos: la de transformar la materia con
fines útiles, eso sí? mientras los burgueses viven lujosamente del sudor y
el esfuerzo de nuestro trabajo.

Frente al hecho objetivo de la unidad de intereses de la clase
trabajadora, la patronal recurre a distintas tácticas para dividirnos. La
burguesía se vale del Estado que a lo largo de su historia actúa en un
doble sentido: el de dividir y el de unificar. En un mismo movimiento
desgrana a la clase trabajadora en ciudadanos y une a todos los ciudadanos
en torno al nacionalismo en función de los intereses de Estado.

Esta es una forma de dividir y reinar. La burguesía instrumenta centenares
de formas que debemos conocer y combatir: las diferencias salariales
(pirámides muy pronunciadas, así como diferencias de salario entre el
hombre y la mujer), las formas de contratación (de planta, contratado,
becario, en negro), la consciencia corporativista, el miedo y la
represión, las ideologías partidarias, etc.

Nosotros creemos que ni todos los parches del mundo pueden tapar la
situación estructural, real, de unidad objetiva de los trabajadores. Y esa
unidad surge permanentemente, a través de la solidaridad de clase y del
compañerismo. Relaciones sociales que los anarquistas debemos cultivar
como tarea militante, porque son el camino a través del cual se forja la
unidad de la clase trabajadora más allá de la división (totalmente
superficial en nuestra opinión) que se generan a partir de las diferentes
concepciones políticas que sostiene cada trabajador en particular.

La solidaridad -como lo demostró Kropotkin- es, diríamos, una
característica fisiológica del animal humano. Pero cuando surgen las
clases sociales, la solidaridad pasa de ser algo natural a convertirse en
un acto político, reivindicativo de nuestra condición de seres humanos. En
la moderna sociedad capitalista, la solidaridad entre los trabajadores
constituye un reto al poder de la burguesía: no es extraño que las huelgas
solidarias sean declaradas ilegales y sus promotores sean reprimidos
duramente, tachados de agitadores de izquierda.

Sólo puede haber solidaridad entre iguales: la limosna, por más buena
intención que haya, no es solidaridad. La solidaridad acerca: quien se
arriesga (mucho o poco) lo hace con el objetivo de elevar a su compañero,
de plegarse a la causa de un igual ante sí. La limosna refuerza la
división y cristaliza una relación desigual: el que da siempre da, y el
que recibe… está condenado a solo seguir recibiendo.

Parafraseando a Clausewitz, en el arte de la guerra de clases, la
solidaridad es la continuación del compañerismo por otros medios. ¿Tenemos
que ser solidarios? Sí, pero antes tenemos que ser compañeros ¿Y qué es
ser un compañero?

Un compañero no busca sobresalir para caerle bien a los jefes y trepar. Un
compañero no es amigo de los jefes: mantiene un trato cordial pero hasta
ahí. No es compañero el que se rebaja para conseguir un favor de la
gerencia. Ese, aunque no lo sepa, es un traidor a su clase y si se
mantiene en esa postura va a ser un enemigo. Un buen compañero no denuncia
a la policía a otro trabajador, y no porque sea un ideólogo anarquista
sino porque entiende que la policía no tiene nada que ver con la justicia,
lo ve todos los días.

Nosotros creemos que si nos a las asambleas de trabajadores con estas
premisas de solidaridad, con humildad, vamos a crecer como personas y como
movimiento anarquista. Por el contrario, si vamos creyendo que la fiesta
empezó cuando nosotros llegamos, que tenemos la posta y que los que no
adhieran a nuestros posicionamientos son carneros, vamos a seguir como
hasta ahora, y los capitalistas… festejando nuestra falta de criterio.

[1] Ilustraremos con tres ejemplos históricos. Durante la revolución
francesa se comenzó a utilizar un nuevo calendario, que establecía 12
meses de 30 días cada uno. Los meses estaban divididos a su vez en tres
“décadas”, como si fueran semanas, pero de 10 días. De lo que resultaba,
que sólo 1 de cada 10 días era no laborable… en contraste al 1 de cada 7
que resultaba del calendario vigente hasta la revolución. El segundo
ejemplo es de la Revolución rusa. Con la excusa de aumentar la
productividad e industrializar al país (ya que sabemos, socialismo es
igual a electrificación) y cómo los capitalistas de Estado bolcheviques no
podían aumentar la plusvalía sino por medio de aumentar la jornada laboral
(para usar su terminología, ya que estamos hablando de la subsunción
formal y no real del trabajo al capital en esta etapa), muchos
trabajadores se vieron obligados a trabajar los sábados comunistas
(“subotnikis”) a partir de 1919. El tercer y último ejemplo, para no
aburrir, es autóctono: nos referimos a los jornales descontados para la
Fundación Eva Perón por el “gobierno popular” del General.

[2] Kropotkin, P., La Conquista del Pan, Buenos Aires, pág. 6.

Publicado en el nº18 de “Hijos del pueblo”, periódico de la Red Libertaria
de Buenos Aires

agosto 19, 2009

Si los anarquistas hubieran ganado en la segunda guerra mundial, hoy en el mundo no habría tanto caos, injusticia y destrucción.

 

Leo cada día noticias por internet y alucino con el mundo que nuestros padres nos han dejado: guerra latente en el continente Africano, dogmatismos suicidas en Afganistán, invasión televisada en Irak, naciones que no practican la caridad las unas con las otras, campo de exterminio en Guantánamo, dictadura en Cuba, falsa democracia en el Estado Español, un planeta tierra muy enfermo, enfermedades creadas para vender medicamentos ‘made in united states’, marginamos a los poetas pero honramos a los políticos, los jóvenes cada vez son más violentos e irresponsables, la gente cada vez lee menos y es más inculta, usamos energías que están acabando con nuestra atmósfera, armas y bombas cada vez más destructivas, … menudo mundo de caos, desorden y destrucción tenemos… y nadie lo quiere reconocer… preferimos la alienación con el fútbol, la playstation, salir todos los fines de semana para intentar sentirnos vivos, ignorar las malas noticias para creernos que pasan en lugares remotos y lejanos…

 

Hay que decirlo bien claro: la codicia, la irracionalidad, la injusticia social, el dogmatismo y la guerra son fruto de la sociedad autoritaria actual y ¡no de la naturaleza humana!. Los anarquistas defendían otro tipo de orden basado en la responsabilidad individual, en la democracia directa y real, en el respeto internacional a todos los pueblos y culturas del mundo, en el amor a la ciencia y razón pues son las únicas fuentes del conocimiento y del avance humano. Llevamos siglos de invasiones, violaciones, autoridades, mutilaciones, reyes, jefes, leyes, guerras… ¡¡y nada ha cambiado!!.

 

Seguramente el anarquismo no es perfecto, pues el ser humano no lo es, simplemente es mucho mejor que la sociedad actual pues no se basa en la violencia del hombre contra el hombre, no permite la violencia ni el autoritarismo. En películas, en periódicos, en programas de radio y en tertulias de pseudo-izquierdistas se sigue comparando al anarquismo con ‘caos’, ‘destrucción’ o ‘desorden’… incluso en el diccionario se ha impuesto tal tergiversación, y ¿por qué?… pues para controlar las mentes y anhelos de la gente soñadora y lógica, cual policía del pensamiento, como George Orwell predijo. El anarquismo es orden y justicia social sin jerarquías, sin violencia, sin imposición. ¿ES TAN DIFÍCIL DE ENTENDER ESTO? Es la auténtica democracia de la gente, independientemente de su sexo, color de piel o nacionalidad… la lógica humana dice que ya hace tiempo que deberíamos de trabajar todxs hacia este camino, pues somos todos ciudadanos del mismo planeta azul. El anarquismo siempre ha venido en mano de la gente de la cultura, del arte, de la ciencia… y allí sigue existiendo y se agarra con fuerza, no ha desaparecido, todo lo contrario, cada vez cobra más sentido. La justicia, la igualdad, el antiracismo, el respeto a lxs niñxs, el anti-sexismo, el amor libre, el ecologismo, el turismo sostenible, la educación no violenta, la ciencia, el anti-dogmatismo supersticioso, el humor, … todo esto son valores que los anarquistas predican y defienden, en teoría y en práctica. Sigue siendo la mejor alternativa a un mundo superpoblado, con muchos intereses religiosos y económicos que no nos llevan a ningún sitio, con problemas mediambientales muy serios y con fanatismos nacionales/religiosos/económicos que están aniquilando a la dignidad humana.

Como dice el grupo ‘Sin Dios’ en uno de sus discos: Las religiones y la política dan colores a la ignorancia.

 

 Evolución y Revolución: Si de verdad somos homínidos inteligentes, como los biólogos y antropólogos nos confirman, algún día abandonaremos los tanques, pistolas y ejércitos, algún día no permitiremos que las naciones mueran enfrentadas, algún día no permitiremos que nos usen en nombre de una religión, algún día no permitiremos que una minoría de hombres decida por todos… quizá faltan 50 años, quizá 100… pero es sólo cuestión de tiempo. Cuando le das al coco por cualquier cuestión, cuando lees un libro y analizas algunas ideas que el escritor comenta, cuando no te crees todo lo que te dicen, cuando regalas algo sin esperar nada a cambio, cuando observas el universo y te planteas cuál es tu lugar en el mundo, cuando respetas las creencias filosóficas/espirituales/políticas de tu amigo, cuando le hablas a tu amiga de tus sentimientos por necesidad a que sepa de tus anhelos internos, cuando participas en una asociación y no dejas que una ‘cúpula’ decida por ti, cuando permites que tu hija se equivoque y aprenda por si misma, cuando permites que tu hijo te enseñe a ti, cuando haces a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti… entonces estás practicando el anarquismo.

Vayamos más allá del tabú. Entremos en el bosque.

 

 

Extraido de : http://joan.bsd.lt/pagina/si-los-anarquistas-hubieran-ganado-en-la-segunda-guerra-mundial-hoy-en-el-mundo-no-habr%C3%AD-tant