Esta obra, como todos los escritos que hasta la fecha he publicado, nació de los acontecimientos. Es la continuación natural de las Cartas a un francés, publicadas en septiembre de 1870, y en las cuales tuve el fácil y triste honor de prever y predecir las horribles desgracias que hieren hoy a Francia, y con ella, a todo el mundo civilizado; desgracias contra las que no había ni queda ahora más que un remedio: la revolución social.

Probar esta verdad, de aquí en adelante incontestable, por el desenvolvimiento histórico de la sociedad, y por los hechos mismos que se desarrollan bajo nuestros ojos en Europa, de modo que sea aceptada por todos los hombres de buena fe, por todos los investigadores sinceros de la verdad, y luego exponer francamente, sin reticencia, sin equívocos, los principios filosóficos tanto como los fines prácticos que constituyen, por decirlo así, el alma activa, la base y el fin de lo que llamamos la revolución social, es el objeto del presente trabajo.

La tarea que me impuse no es fácil, lo sé, y se me podría acusar de presunción si aportase a este trabajo una pretensión personal. Pero no hay tal cosa, puedo asegurarlo al lector. No soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera un escritor de oficio. Escribí muy poco en mi vida y no lo hice nunca sino en caso de necesidad, y solamente cuando una convicción apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia instintiva a manifestarme mediante mis escritos.

¿Qué soy yo, y qué me impulsa ahora a publicar este trabajo? Soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo no menos encarnizado de las ficciones perjudiciales de que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado de todas las ignominias religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse hoy todavía para embrutecer y esclavizar al mundo. Soy un amante fanático de la libertad, considerándola como el único medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y crecer la inteligencia, la dignidad y la dicha de los hombres; no de esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el Estado, mentira eterna y que en realidad no representa nunca nada más que el privilegio de unos pocos fundado sobre la esclavitud de todo el mundo; no de esa libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia, pregonada por la escuela de J. J. Rousseau, así como todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que consideran el llamado derecho de todos, representado por el Estado, como el límite del derecho de cada uno, lo cual lleva necesariamente y siempre a la reducción del derecho de cada uno a cero. No, yo entiendo que la única libertad verdaderamente digna de este nombre, es la que consiste en el pleno desenvolvimiento de todas las facultades materiales, intelectuales y morales de cada individuo. Y es que la libertad, la auténtica, no reconoce otras restricciones que las propias de las leyes de nuestra propia naturaleza. Por lo que, hablando propiamente, la libertad no tiene restricciones, puesto que esas leyes no nos son impuestas por un legislador, sino que nos son inmanentes, inherentes, y constituyen la base misma de todo nuestro ser, y no pueden ser vistas como una limitante, sino más bien debemos considerarlas como las condiciones reales y la razón efectiva de nuestra libertad.

Yo me refiero a la libertad de cada uno que, lejos de agotarse frente a la libertad del otro, encuentra en ella su confirmación y su extensión hasta el infinito; la libertad ilimitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad en la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad triunfante sobre el principio de la fuerza bruta y del principio de autoridad que nunca ha sido otra cosa que la expresión ideal de esa fuerza; la libertad que, después de haber derribado todos los ídolos celestes y terrestres, fundará y organizará un mundo nuevo: el de la humanidad solidaria, sobre la ruina de todas la Iglesias y de todos los Estados.

Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, lo mismo que la prosperidad de las naciones, no serán más que otras tantas mentiras. Pero, partidario incondicional de la libertad, esa condición primordial de la humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas y federadas en las comunas, mas no por la acción suprema y tutelar del Estado.

Este es el punto que nos divide a los socialistas revolucionarios, de los comunistas autoritarios que defienden la iniciativa absoluta del Estado. El fin es el mismo, ya que ambos deseamos por igual la creación de un orden social nuevo, fundado únicamente sobre la organización del trabajo colectivo en condiciones económicas de irrestricta igualdad para todos, teniendo como base la posesión colectiva de los instrumentos de trabajo.

Ahora bien, los comunistas se imaginan que podrían llegar a eso por el desenvolvimiento y por la organización de la potencia política de las clases obreras, y principalmente del proletariado de las ciudades, con ayuda del radicalismo burgués, mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, pensamos que no se puede llegar a ese fin más que por el desenvolvimiento y la organización de la potencia no política sino social de las masas obreras, tanto de las ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran unirse francamente a ellas y acepten íntegramente su programa.

He ahí dos métodos diferentes. Los comunistas creen deber el organizar a las fuerzas obreras para posesionarse de la potencia política de los Estados. Los socialistas revolucionarios nos organizamos teniendo en cuenta su inevitable destrucción, o, si se quiere una palabra más cortés, teniendo en cuenta la liquidación de los Estados. Los comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los socialistas revolucionarios no tenemos confianza más que en la libertad. Partidarios unos y otros de la ciencia que debe liquidar a la fe, los primeros quisieran imponerla y nosotros nos esforzamos en propagarla, a fin de que los grupos humanos, por ellos mismos se convenzan, se organicen y se federen de manera espontánea, libre; de abajo hacia arriba conforme a sus intereses reales, pero nunca siguiendo un plan trazado de antemano e impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias superiores.

Los socialistas revolucionarios pensamos que hay mucha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas populares, que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad que, a tantas tentativas frustradas para hacerla feliz, pretenden añadir otro fracaso más. Los socialistas revolucionarios pensamos, al contrario, que la humanidad ya se ha dejado gobernar bastante tiempo, demasiado tiempo, y se ha convencido que la fuente de sus desgracias no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del gobierno, cualquiera que este sea.

Esta es, en fin, la contradicción que existe entre el comunismo científicamente desarrollado por la escuela alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e ingleses, y el socialismo revolucionario ampliamente desenvuelto y llevado hasta sus últimas consecuencias, por el proletariado de los países latinos.

El socialismo revolucionario llevó a cabo un intento práctico en la Comuna de París.

Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz negativa del Estado.

Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente en Francia, que ha sido hasta ahora el país mas proclive a la centralización política; y que haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran civilización francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y proclamando con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a Francia, a Europa, al mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica de iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y de salvación; París, que da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo burgués y una base real al socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las maldiciones de todas las gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se envuelve en sus ruinas para dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que salva, con su desastre, el honor y el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que si bien la vida, la inteligencia y la fuerza moral se han retirado de las clases superiores, se conservaron enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la era nueva, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su real solidaridad a través y a pesar de las fronteras de los Estados; París, que mata la propiedad y funda sobre sus ruinas la religión de la humanidad; París, que se proclama humanitario y ateo y reemplaza las funciones divinas por las grandes realidades de la vida social y la fe por la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa, política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad, fundamentos eternos de toda moral humana; París heroico y racional confirmando con su caída el inevitable destino de la humanidad transmitiéndolo mucho más enérgico y viviente a las generaciones venideras; París, inundado en la sangre de sus hijos más generosos. París, representación de la humanidad crucificada por la reacción internacional bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del gran sacerdote de la iniquidad, el Papa. Pero la próxima revolución internacional y solidaria de los pueblos será la resurrección de París.

Tal es el verdadero sentido y tales las consecuencias bienhechoras e inmensas de los dos meses memorables de la existencia y de la caída imperecedera de la Comuna de París.

La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo y ha sido demasiado obstaculizada en su desenvolvimiento interior por la lucha mortal que debió sostener contra la reacción de Versalles, para que haya podido, no digo aplicar, sino elaborar teóricamente su programa socialista. Por lo demás, es preciso reconocerlo, la mayoría de los miembros de la Comuna no eran socialistas propiamente y, si se mostraron tales, es que fueron arrastrados invisiblemente por la fuerza irresistible de las cosas, por la naturaleza de su ambiente, por las necesidades de su posición y no por su convicción íntima. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, no formaban en la Comuna mas que una minoría ínfima; a lo sumo no eran más que unos catorce o quince miembros. El resto estaba compuesto por jacobinos. Pero entendámonos, hay de jacobinos a jacobinos. Existen los jacobinos abogados y doctrinarios, como el señor Gambetta, cuyo republicanismo positivista, presuntuoso, despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no habiendo conservado del jacobinismo mas que el culto de la unidad y de la autoridad, entregó la Francia popular a los prusianos y más tarde a la reacción interior; y existen los jacobinos francamente revolucionarios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar su unidad y su autoridad bien amadas, a las necesidades de la revolución, ante todo; y como no hay revolución sin masas populares, y como esas masas tienen eminentemente hoy el instinto socialista y no pueden ya hacer otra revolución que una revolución económica y social, los jacobinos de buena fe, dejándose arrastrar más y más por la lógica del movimiento revolucionario, acabaron convirtiéndose en socialistas a su pesar.

Tal fue precisamente la situación de los jacobinos que formaron parte de la Comuna de París. Delescluze y muchos otros, firmaron proclamas y programas cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como a pesar de toda su buena fe y de toda su buena voluntad no eran más que individuos arrastrados al campo socialista por la fuerza de las circunstancias, como no tuvieron tiempo ni capacidad para vencer y suprimir en ellos el cúmulo de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con el socialismo, hubieron de paralizarse y no pudieron salir de las generalidades, ni tomar medidas decisivas que hubiesen roto para siempre todas sus relaciones con el mundo burgués.

Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; fueron paralizados y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se transforman de un día a otro y no cambian de naturaleza ni de hábitos a voluntad. Han probado su sinceridad haciéndose matar por la Comuna. ¿Quién se atreverá a pedirles más?

Son tanto más excusables cuanto que el pueblo de París mismo, bajo la influencia del cual han pensado y obrado, era mucho más socialista por instinto que por idea o convicción reflexiva. Todas sus aspiraciones son en el más alto grado y exclusivamente socialistas; pero sus ideas o más bien sus representaciones tradicionales están todavía bien lejos de haber llegado a esta altura. Hay todavía muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el proletariado de las grandes ciudades de Francia y aún en el de París. El culto a la autoridad religiosa, esa fuente histórica de todas las desgracias, de todas las depravaciones y de todas las servidumbres populares no ha sido desarraigado aún completamente de su seno. Esto es tan cierto que hasta los hijos más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no llegaron aún a libertarse de una manera completa de ella. Mirad su conciencia y encontraréis al jacobino, al gubernamentalista, rechazado hacia algún rincón muy oscuro y vuelto muy modesto, es verdad, pero no enteramente muerto.

Por otra parte, la situación del pequeño número de los socialistas convencidos que han constituido parte de la Comuna era excesivamente difícil. No sintiéndose suficientemente sostenidos por la gran masa de la población parisiense, influenciando apenas sobre unos millares de individuos, la organización de la Asociación Internacional, por lo demás muy imperfecta, han debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio de qué circunstancias! Les ha sido necesario dar trabajo y pan a algunos centenares de millares de obreros, organizarlos y armarlos combatiendo al mismo tiempo las maquinaciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada por el hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles, con el permiso y por la gracia de los prusianos. Les ha sido necesario oponer un gobierno y un ejército revolucionarios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical, han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario, organizarse en reacción jacobina.

¿No es natural que en medio de circunstancias semejantes, los jacobinos, que eran los más fuertes, puesto que constituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en un grado infinitamente superior el instinto político, la tradición y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo que hay que asombrarse es de que no se hayan aprovechado mucho más de lo que lo hicieron, de que no hayan dado a la sublevación de París un carácter exclusivamente jacobino y de que se hayan dejado arrastrar, al contrario, a una revolución social.

Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en su teoría, reprochan a nuestros amigos de París el no haberse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria, mientras que todos los ladrones de la prensa burguesa los acusan, al contrario, de no haber seguido más que demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos por el momento a un lado a los innobles denunciadores de esa prensa, y observemos que los severos teóricos de la emancipación del proletariado son injustos hacia nuestros hermanos de París porque, entre las teorías más justas y su práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en algunos días. El que ha tenido la dicha de conocer a Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a aquel cuya muerte es cierta, sabe cómo han sido apasionadas, reflexivas y profundas en él y en sus amigos las convicciones socialistas. Eran hombres cuyo celo ardiente, cuya abnegación y buena fe no han podido ser nunca puestas en duda por nadie de los que se les hayan acercado. Pero precisamente porque eran hombres de buena fe, estaban llenos de desconfianza en sí mismos al tener que poner en práctica la obra inmensa a que habían dedicado su pensamiento y su vida. Tenían por lo demás la convicción de que en la revolución social, diametralmente opuesta a la revolución política, la acción de los individuos es casi nula y, por el contrario, la acción espontánea de las masas lo es todo. Todo lo que los individuos pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar las ideas que corresponden al instinto popular y además contribuir con sus esfuerzos incesantes a la organización revolucionaria del potencial natural de las masas, pero nada más, siendo al pueblo trabajador al que corresponde hacerlo todo. Ya que actuando de otro modo se llegaría a la dictadura política, es decir, a la reconstitución del Estado, de los privilegios, de las desigualdades, llegándose al restablecimiento de la esclavitud política, social, económica de las masas populares.

Varlin y sus amigos, como todos los socialistas sinceros, y en general como todos los trabajadores nacidos y educados en el pueblo, compartían en el más alto grado esa prevención perfectamente legítima contra la iniciativa continua de los mismos individuos, contra la dominación ejercida por las individualidades superiores; y como ante todo eran justos, dirigían también esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos más que contra todas las otras personas. Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas autoritarios, según mi opinión, completamente erróneo, de que una revolución social puede ser decretada y organizada sea por una dictadura, sea por una asamblea constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París, han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desenvolvimiento más que por la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares.

Nuestros amigos de París han tenido mil veces razón. Porque, en efecto, por general que sea, ¿cuál es la cabeza, o si se quiere hablar de una dictadura colectiva, aunque estuviese formada por varios centenares de individuos dotados de facultades superiores, cuáles son los cerebros capaces de abarcar la infinita multiplicidad y diversidad de los intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de las necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y capaces de inventar una organización social susceptible de satisfacer a todo el mundo? Esa organización no será nunca más que un lecho de Procusto sobre el cual, la violencia más o menos marcada del Estado forzará a la desgraciada sociedad a extenderse. Esto es lo que sucedió siempre hasta ahora, y es precisamente a este sistema antiguo de la organización por la fuerza a lo que la revolución social debe poner un término, dando a las masas su plena libertad, a los grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos, y destruyendo de una vez por todas la causa histórica de todas las violencias, el poder y la existencia misma del Estado, que debe arrastrar en su caída todas las iniquidades del derecho jurídico con todas las mentiras de los cultos diversos, pues ese derecho y esos cultos no han sido nunca nada más que la consagración obligada, tanto ideal como real, de todas las violencias representadas, garantizadas y privilegiadas por el Estado.

Es evidente que la libertad no será dada al género humano, y que los intereses reales de la sociedad, de todos los grupos, de todas las organizaciones locales así como de todos los individuos que la forman, no podrán encontrar satisfacción real más que cuando no haya Estados. Es evidente que todos los intereses llamados generales de la sociedad, que el Estado pretende representar y que en realidad no son otra cosa que la negación general y consciente de los intereses positivos de las regiones, de las comunas, de las asociaciones y del mayor número de individuos a él sometidos, constituyen una ficción, una obstrucción, una mentira, y que el Estado es como una carnicería y como un inmenso cementerio donde, a su sombra, acuden generosa y beatamente, a dejarse inmolar y enterrar, todas las aspiraciones reales, todas las fuerzas vivas de un país; y como ninguna abstracción existe por sí misma, ya que no tiene ni piernas para caminar, ni brazos para crear, ni estómago para digerir esa masa de víctimas que se le da para devorar, es claro que también la abstracción religiosa o celeste de Dios, representa en realidad los intereses positivos, reales, de una casta privilegiada: el clero, y su complemento terrestre, la abstracción política, el Estado, representa los intereses no menos positivos y reales de la clase explotadora que tiende a englobar todas las demás: la burguesía. Y como el clero está siempre dividido y hoy tiende a dividirse todavía más en una minoría muy poderosa y muy rica, y una mayoría muy subordinada y hasta cierto punto miserable. Por su parte, la burguesía y sus diversas organizaciones políticas y sociales, en la industria, en la agricultura, en la banca y en el comercio, al igual que en todos los órganos administrativos, financieros, judiciales, universitarios, policiales y militares del Estado, tiende a escindirse cada día más en una oligarquía realmente dominadora y en una masa innumerable de seres más o menos vanidosos y más o menos decaídos que viven en una perpetua ilusión, rechazados inevitablemente y empujados, cada vez más hacia el proletariado por una fuerza irresistible: la del desenvolvimiento económico actual, quedando reducidos a servir de instrumentos ciegos de esa oligarquía omnipotente.

La abolición de la Iglesia y del Estado debe ser la condición primaria e indispensable de la liberación real de la sociedad; después de eso, ella sola puede y debe organizarse de otro modo, pero no de arriba a abajo y según un plan ideal, soñado por algunos sabios, o bien a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o hasta por una asamblea nacional elegida por el sufragio universal. Tal sistema, como lo he dicho ya, llevaría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase entera de gentes que no tienen nada en común con la masa del pueblo y, ciertamente, esa clase volvería a explotar y a someter bajo el pretexto de la felicidad común, o para salvar al Estado.

La futura organización social debe ser estructurada solamente de abajo a arriba, por la libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en las comunas, en las regiones, en las naciones y finalmente en una gran federación internacional y universal. Es únicamente entonces cuando se realizará el orden verdadero y vivificador de la libertad y de la dicha general, ese orden que, lejos de renegar, afirma y pone de acuerdo los intereses de los trabajadores y los de la sociedad.

Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de la sociedad no podrá realizarse nunca porque esos intereses, siendo contradictorios, no están en condición de contrapesarse ellos mismos o bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una objeción semejante responderé que si hasta el presente los intereses no han estado nunca ni en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría privilegiada. He ahí por qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de intereses personales con los de la sociedad, no es más que otro engaño y una mentira política, nacida de la mentira teológica que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir en él la conciencia de su propio valor. Esa misma idea falsa del antagonismo de los intereses fue creada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es próxima pariente de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza humana, la metafísica consideraba la sociedad como un agregado mecánico y puramente artificial de individuos asociados repentinamente en nombre de un tratado cualquiera, formal o secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de una fuerza superior. Antes de unirse en sociedad, esos individuos, dotados de una especie de alma inmortal, gozaban de una absoluta libertad.

Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen en la inmortalidad del alma, afirman que los hombres fuera de la sociedad son seres libres, nosotros llegamos entonces inevitablemente a una conclusión: que los hombres no pueden unirse en sociedad más que a condición de renegar de su libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus intereses, personales primero y grupales después. Tal renunciamiento y tal sacrificio de sí mismos debe ser por eso tanto más imperioso cuanto que la sociedad es más numerosa y su organización más compleja. En tal caso, el Estado es la expresión de todos los sacrificios individuales. Existiendo bajo una semejante forma abstracta, y al mismo tiempo violenta, continúa perjudicando más y más la libertad individual en nombre de esa mentira que se llama felicidad pública, aunque es evidente que la misma no representa más que los intereses de la clase dominante. El Estado, de ese modo, se nos aparece como una negación inevitable y como una aniquilación de toda libertad, de todo interés individual y general.

Se ve aquí que en los sistemas metafísicos y teológicos, todo se asocia y se explica por sí mismo. He ahí por qué los defensores lógicos de esos sistemas pueden y deben, con la conciencia tranquila, continuar explotando las masas populares por medio de la Iglesia y del Estado. Llenandose los bolsillos y sacando todos sus sucios deseos, pueden al mismo tiempo consolarse con el pensamiento de que penan por la gloria de Dios, por la victoria de la civilización y por la felicidad eterna del proletariado.

Pero nosotros, que no creemos ni en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en la propia libertad de la voluntad, afirmamos que la libertad debe ser comprendida, en su acepción más completa y más amplia, como fin del progreso histórico de la humanidad. Por un extraño aunque lógico contraste, nuestros adversarios idealistas, de la teología y de la metafísica, toman el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para concluir buenamente en la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer duradero un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y trascendentes, caen hasta el materialismo práctico, sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica, según la cual todo desenvolvimiento es la negación del principio fundamental. Estamos convencidos de que toda la riqueza del desenvolvimiento intelectual, moral y material del hombre, lo mismo que su aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad, el hombre no solamente no será libre, sino que no será hombre verdadero, es decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla. El concurso de la inteligencia y del trabajo colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es decir, sus intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus tonterías, tanto como las violencias, y las injusticias que en carne propia sufren, no representa más que la consecuencia de las fuerzas fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la correlación de las manifestaciones de la naturaleza exterior.

En la naturaleza misma, esa maravillosa correlación y filiación de los fenómenos no se ha conseguido sin lucha. Al contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece más que como resultado verdadero de esa lucha constante que es la condición misma de la vida y el movimiento. En la naturaleza y en la sociedad el orden sin lucha es la muerte.

Si en el universo el orden natural es posible, es únicamente porque ese universo no es gobernado según algún sistema imaginado de antemano e impuesto por una voluntad suprema. La hipótesis teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente y a la negación, no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes naturales no son reales más que en tanto son inherentes a la naturaleza, es decir, en tanto que no son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que simples manifestaciones, o bien continuas modalidades de hechos muy variados, pasajeros, pero reales. El conjunto constituye lo que llamamos naturaleza. La inteligencia humana y la ciencia observaron estos hechos, los controlaron experimentalmente, después los reunieron en un sistema y los llamaron leyes. Pero la naturaleza misma no conoce leyes; obra inconscientemente, representando por sí misma la variedad infinita de los fenómenos que aparecen y se repiten de una manera fatal. He ahí por qué, gracias a esa inevitabilidad de la acción, el orden universal puede existir y existe de hecho.

Un orden semejante aparece también en la sociedad humana que evoluciona en apariencia de un modo llamado antinatural, pero en realidad se somete a la marcha natural e inevitable de las cosas. Sólo que la superioridad del hombre sobre los otros animales y la facultad de pensar unieron a su desenvolvimiento un elemento particular que, como todo lo que existe, representa el producto material de la unión y de la acción de las fuerzas naturales. Este elemento particular es el razonamiento, o bien esa facultad de generalización y de abstracción gracias a la cual el hombre puede proyectarse por el pensamiento, examinándose y observándose como un objeto exterior extraño. Elevándose, por las ideas, por sobre sí mismo, así como por sobre el mundo circundante, logra arrivar a la representación de la abstracción perfecta: a la nada absoluta. Este límite último de la más alta abstracción del pensamiento, esa nada absoluta, es Dios.

He ahí el sentido y el fundamento histórico de toda doctrina teológica. No comprendiendo la naturaleza y las causas materiales de sus propios pensamientos, no dándose cuenta tampoco de las condiciones o leyes naturales que le son especiales, los hombres de la Iglesia y del Estado no pueden imaginar a los primeros hombres en sociedad, puesto que sus nociones absolutas no son más que el resultado de la facultad de concebir ideas abstractas. He ahí porque consideraron esas ideas, sacadas de la naturaleza, como objetos reales ante los cuales la naturaleza misma cesaba de ser algo. Luego se dedicaron a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a prodigarles todos los honores. Pero era preciso, de una manera cualquiera, figurar y hacer sensible la idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin inflaron la concepción de la divinidad y la dotaron, de todas las cualidades, buenas y malas, que encontraban sólo en la naturaleza y en la sociedad.

Tal fue el origen y el desenvolvimiento histórico de todas las religiones, comenzando por el fetichismo y acabando por el cristianismo.

No tenemos la intención de lanzarnos en la historia de los absurdos religiosos, teológicos y metafísicos, y menos aún de hablar del desplegamiento sucesivo de todas las encarnaciones y visiones divinas creadas por siglos de barbarie. Todo el mundo sabe que la superstición dio siempre origen a espantosas desgracias y obligó a derramar ríos de sangre y lágrimas. Diremos sólo que todos esos repulsivos extravíos de la pobre humanidad fueron hechos históricos inevitables en su desarrollo y en la evolución de los organismos sociales. Tales extravíos engendraron en la sociedad esta idea fatal que domina la imaginación de los hombres: la idea de que el universo es gobernado por una fuerza y por una voluntad sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las sociedades se habituaron hasta tal punto a esta idea que finalmente mataron en ellas toda tendencia hacia un progreso más lejano y toda capacidad para llegar a él.

La ambición de algunos individuos y de algunas clases sociales, erigieron en principio la esclavitud y la conquista, y enraizaron la terrible idea de la divinidad. Desde entonces, toda sociedad fue imposible sin tener como base éstas dos instituciones: la Iglesia y el Estado. Estas dos plagas sociales son defendidas por todos los doctrinarios.

Apenas aparecieron estas dos instituciones en el mundo, se organizaron repentinamente dos castas sociales: la de los sacerdotes y la de los aristócratas, que sin perder tiempo se preocuparon en inculcar profundamente al pueblo subyugado la indispensabilidad, la utilidad y la santidad de la Iglesia y del Estado.

Todo eso tenía por fin transformar la esclavitud brutal en una esclavitud legal, prevista, consagrada por la voluntad del Ser Supremo.

Pero ¿creían sinceramente, los sacerdotes y los aristócratas, en esas instituciones que sostenían con todas sus fuerzas en su interés particular? o acaso ¿no eran más que mistificadores y embusteros? No, respondo, creo que al mismo tiempo eran creyentes e impostores.

Ellos creían, también, porque compartían natural e inevitablemente los extravíos de la masa y es sólo después, en la época de la decadencia del mundo antiguo, cuando se hicieron escépticos y embusteros. Existe otra razón que permite considerar a los fundadores de los Estados como gentes sinceras: el hombre cree fácilmente en lo que desea y en lo que no contradice a sus intereses; no importa que sea inteligente e instruido, ya que por su amor propio y por su deseo de convivir con sus semejantes y de aprovecharse de su respeto creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy convencido de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno versallés se esforzaron a toda costa por convencerse de que matando en París a algunos millares de hombres, de mujeres y de niños, salvaban a Francia.

Pero si los sacerdotes, los augures, los aristócratas y los burgueses, de los viejos y de los nuevos tiempos, pudieron creer sinceramente, no por eso dejaron de ser siempre mistificadores. No se puede, en efecto, admitir que hayan creído en cada una de las ideas absurdas que constituyen la fe y la política. No hablo siquiera de la época en que, según Cicerón, los augures no podían mirarse sin reír. Aun en los tiempos de la ignorancia y de la superstición general es difícil suponer que los inventores de milagros cotidianos hayan sido convencidos de la realidad de esos milagros. Igual se puede decir de la política, según la cual es preciso subyugar y explotar al pueblo de tal modo, que no se queje demasiado de su destino, que no se olvide someterse y no tenga el tiempo para pensar en la resistencia y en la rebelión.

¿Cómo, pues, imaginar después de eso que las gentes que han transformado la política en un oficio y conocen su objeto – es decir, la injusticia, la violencia, la mentira, la traición, el asesinato en masa y aislado -, puedan creer sinceramente en el arte político y en la sabiduría de un Estado generador de la felicidad social? No pueden haber llegado a ese grado de estupidez, a pesar de toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está ahí para atestiguar sus crímenes; en todas partes y siempre el sacerdote y el estadista han sido los enemigos y los verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y sanguinarios de los pueblos.

Pero, ¿cómo conciliar dos cosas en apariencia tan incompatibles: los embusteros y los engañados, los mentirosos y los creyentes? Lógicamente eso parece difícil; sin embargo, en la realidad, es decir, en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo.

Son mayoría las gentes que viven en contradicción consigo mismas. No lo advierten hasta que algún acontecimiento extraordinario las saca de la somnolencia habitual y las obliga a echar un vistazo sobre ellos y sobre su derredor.

En política como en religión, los hombres no son más que máquinas en manos de los explotadores. Pero tanto los ladrones como sus víctimas, los opresores como los oprimidos, viven unos al lado de otros, gobernados por un puñado de individuos a los que conviene considerar como verdaderos explotadores. Así, son esas gentes que ejercen las funciones de gobierno, las que maltratan y oprimen. Desde los siglos XVII y XVIII, hasta la explosión de la Gran Revolución, al igual que en nuestros días, mandan en Europa y obran casi a su capricho. Y ya es necesario pensar que su dominación no se prolongará largo tiempo.

En tanto que los jefes principales engañan y pierden a los pueblos, sus servidores, o las hechuras de la Iglesia y del Estado, se aplican con celo a sostener la santidad y la integridad de esas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según dicen los sacerdotes y la mayor parte de los estadistas, es necesaria a la salvación del alma, el Estado, a su vez, es también necesario para la conservación de la paz, del orden y de la justicia; y los doctrinarios de todas las escuelas gritan: ¡sin iglesia y sin gobierno no hay civilización ni progreso!

No tenemos que discutir el problema de la salvación eterna, porque no creemos en la inmortalidad del alma. Estamos convencidos de que la más perjudicial de las cosas, tanto para la humanidad, para la libertad y para el progreso, lo es la Iglesia. ¿No es acaso a la iglesia a quien incumbe la tarea de pervertir las jóvenes generaciones, comenzando por las mujeres? ¿No es ella la que por sus dogmas, sus mentiras, su estupidez y su ignominia tiende a matar el razonamiento lógico y la ciencia? ¿Acaso no afecta a la dignidad del hombre al pervertir en él la noción de sus derechos y de la justicia que le asiste? ¿No transforma en cadáver lo que es vivo, no pierde la libertad, no es ella la que predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los tiranos y de los explotadores? ¿No es ella, esa Iglesia implacable, la que tiende a perpetuar el reinado de las tinieblas, de la ignorancia, de la miseria y del crimen?

Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño engañoso, debe conducir a la finiquitación de la Iglesia.

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Presentación del libro :
La democracia y el triunfo del Estado.
(Félix Rodrigo Mora).

Aprovechando que Félix participará en los encuentros de pre-okupación y agitación rural que se celebran estos días en los pueblos okupados, el jueves estará en La Hormiga Atómica liburuak para presentar su libro “La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora”

Esta obra busca ser una reflexión renovadora, estratégicamente significativa, sobre la relación de antagonismo existente en las sociedades de la modernidad entre democracia y Estado, mostrando que el ascenso de éste desde las revoluciones liberales hasta hoy está causando la aniquilación de facto de la libertad, de conciencia, política y civil, por tanto, la negación del autogobierno del pueblo, de la democracia.

Asímismo, el triunfo del Estado, que en el último medio siglo se ha hecho casi total, junto con el de las instituciones civiles por él generadas, la gran empresa sobre todo, está socavando de un modo pavoroso la esencia concreta humana, hasta la subhumanización del sujeto común, devastando los fundamentos mismos de la vida civilizada.

Ello está hundiendo a la humanidad en una nueva edad de barbarie.
El libro investiga tales asuntos desde una perspectiva multidisciplinar.

http://preokupacion.wordpress.com/

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Lan hau modernitateko gizarteetako demokrazia eta estatuen artean dauden antagonismo harremanen inguruko gogoeta berritzailea da, estrategikoki esanahia duen lana da. Iraultza liberaletan sorturiko mugimenduak -kontzientzia, -politika eta askatasun-zibilen suntsitzea nola sortu dituen aztertzen du, alegia, herriaren autogobernua eta demokrazia ukatu egin dela.

Era berean, azken mende erdian estatuak osoki garaitu dute gizaki zehatzaren esentzia. Harekin sortutako erakunde zibilak, enpresa handiak, izan dira bereziki subjektu komuna ez-gizaki bihurtu dutenak, bizitza zibilizatuaren oinarriak ere suntsitu dituzte.

Gizateria basakeriaren aroan ari da hondoratzen.
Liburu honek gaiok jorratzen ditu diziplinartekotasuna erabiliaz.

http://preokupacion.wordpress.com/

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Esta obra busca ser una reflexión renovadora, estratégicamente significativa, sobre la relación de antagonismo existente en las sociedades de la modernidad entre democracia y Estado, mostrando que el ascenso de éste desde las revoluciones liberales hasta hoy está causando la aniquilación de facto de la libertad, de conciencia, política y civil, por tanto, la negación del autogobierno del pueblo, de la democracia.

Asímismo, el triunfo del Estado, que en el último medio siglo se ha hecho casi total, junto con el de las instituciones civiles por él generadas, la gran empresa sobre todo, está socavando de un modo pavoroso la esencia concreta humana, hasta la subhumanización del sujeto común, devastando los fundamentos mismos de la vida civilizada.

Ello está hundiendo a la humanidad en una nueva edad de barbarie.
El libro investiga tales asuntos desde una perspectiva multidisciplinar.

La caldera griega.

junio 23, 2011

Este movimiento no puede ser reducido a una protesta moral. Es, al contrario, revelador de una profunda crisis de legitimidad del sistema político y del estado como tales.S
tathis Kuvelakis.

Grecia está de nuevo en primer plano de la actualidad internacional: el hecho no tiene ya nada de sorprendente. Esta vez no se trata simplemente de la deuda o de las entregas de la llamada “ayuda” de la Unión Europea y del FMI, sino de las reacciones que esas realidades esconómicas suscitan entre una población traumatizada por un año de “terapia de choque” neoliberal.

En esto también, nada hay de extraño: Grecia tiene una rica tradición de protesta social y de insurrecciones. Resistencia masiva contra la ocupación nazi, luchas contra el feroz Estado policial que sucedió a la guerra civil de 1944-1949, levantamiento de los estudiantes y los trabajadores contra el régimen militar en noviembre de 1973, otros tantos jalones que modelan la memoria popular. En diciembre de 2008, anunciando los movimientos en curso, la juventud de Atenas y de los centros urbanos se rebeló como consecuencia del asesinato de un estudiante de bachiller por la policía, expresando la extensión del malestar social, antes incluso de que estallara la crisis de la deuda.

Los acontecimientos de la semana pasada, y más en particular la movilización en la calle del 15 de junio de 2011, que han hecho vacilar al gobierno, se explican por la conjunción de dos fenómenos. De un lado, una movilización sindical clásica, culminando en una jornada de huelga general de los sectores privado y público convocada por las confederaciones sindicales, burocratizadas pero aún bastante poderosas (afilian a alrededor de un asalariado de cada cuatro). Ciertamente, desde el voto por el Parlamento, el 6 de mayo de 2010, del famoso “memorándum” concluido entre el gobierno griego, la UE, el FMI, el país ha contado con no menos de once jornadas similares, con una participación a menudo importante, pero resultados poco más o menos nulos. Si esta última jornada del 15 de junio fue un éxito impresionante (de fuente sindical, la participación habría oscilado según los sectores entre el 80% y el 100%), y los cortejos imponentes, la razón hay que buscarla del lado de un nuevo actor, que ha entrado en escena el 25 de mayo pasado.

Ese día, como consecuencia de un llamamiento inspirado en los “indignados” de España, decenas de miles de personas afluyeron a las principales plazas del país y permanecieron en ellas hasta el amanecer. Una multitud heterogénea, mayoritariamente constituida por electores decepcionados de los dos grandes partidos (conservador y socialista) que se alternan en el poder desde hace más de tres decenios, sale por primera vez a la calle para clamar su cólera contra el gobierno y el sistema político.

Las consignas apuntan ante todo al “memorándum” mencionado antes, la “troika” (UE, BCE, FMI) y las medidas de austeridad que pilota y que, en menos de un año, han reducido un cuarto los salarios y las jubilaciones (tradicionalmente las más bajas de Europa occidental después de Portugal), hecho subir la tasa de paro oficial al 16,2% y llevado a la quiebra a hospitales, universidades y servicios públicos básicos.

Poco subrayado hasta recientemente por los medios internacionales, cuando es de una amplitud y un enraizamiento social mucho más significativos que su “primo” español, este “movimiento de las plazas” como se denomina él mismo, es seguramente diferente de las formas anteriores de acción colectiva.

De ahí sin duda algunos malentendidos: este movimiento no puede de forma alguna ser reducido a una protesta moral. Es, al contrario, revelador de una profunda crisis de legitimidad no solo del partido en el poder, sino del sistema político y del estado como tales. Enarbolando banderas griegas, a veces acompañadas de banderas tunecinas, españolas o argentinas, el “pueblo de las plazas” hace secesión y deja estallar su hartazgo frente a la revocación del “contrato social” fundamental entre el Estado y los ciudadanos. Como proclama la banderola central que atraviesa desde hace semanas la plaza central de Atenas, Syntagma, la “plaza de la Constitución”: “No estamos indignados, estamos determinados”.

Es en efecto una exigencia de democracia real, combinada a la toma de conciencia de que ésta es incompatible con políticas de demolición social, lo que constituye el motor del movimiento en curso. Todas las tardes, en las plazas de varias decenas de ciudades del país se celebran asambleas populares masivamente seguidas de un tipo inédito de actividades: circulación de la palabra, discusión de las propuestas preparadas por las comisiones de trabajo, decisiones sobre las modalidades y los objetivos de las futuras acciones.

El espacio urbano reconquistado se convierte así en el lugar de la protesta y el símbolo de esta reapropiación popular de la política. A pesar de dejar de lado las afiliaciones partidarias, por temor a manipulaciones y divisiones estériles, los militantes de las formaciones de la izquierda radical afluyen rápidamente. Las concentraciones del fin de semana, particularmente las del 5 de junio, reúnen a varios centenares de miles de manifestantes en todo el país, de ellos cerca de 300.000 en Atenas. Se opera una decantación política: en un ambiente que recuerda el de los Foros Sociales Europeos de su mejor momento, las asambleas llaman a la convergencia con los sindicatos y al cerco del parlamento (en Atenas) y de otros edificios públicos (en provincias) en la perspectiva del voto, previsto para fin de mes, del nuevo paquete de austeridad negociado con la UE. Es exactamente lo que ocurre en la jornada bisagra del 15 de junio, cuando el encuentro de los cortejos sindicales y de los del “pueblo de las plazas” toma aires insurreccionales y se enfrenta a la represión policial, particularmente alrededor del parlamento y de la plaza Syntagma.

Durante largas horas, la mayor confusión se instala en la cúspide del estado. En una capital presa del caos, el primer ministro Georges Papandreu negocia ampliamente con la oposición de derechas la formación de un gobierno de “unión nacional” del que él mismo no formaría parte. Al fin de la noche, ante una opinión y medios estupefactos , anuncia el fracaso de estas tentativas y una sencilla remodelación ministerial (el ministro de Defensa toma el puesto del de Economía).

Pero es demasiado tarde: habiendo él mismo admitido la ilegitimidad de su poder, afectado por nuevas deserciones de diputados de su partido, Papandreu juega contra reloj, esencialmente preocupado por la aprobación a la fuerza del acuerdo realizado con la UE.

Un acuerdo al que una calle revigorizada está más que nunca determinada a hacer –físicamente- barrera. A la crisis social y económica se ha añadido una crisis política generalizada, que no podrá ser resuelta por la convocatoria de elecciones anticipadas. ¿La caldera griega en ebullición se acercaría al momento de su explosión? Las semanas que vienen serán decisivas. Una cosa es segura: la onda de choque que ha salido de este país sacude ya en profundidad el actual edificio europeo.

* Stathis Kuvelakis es autor, entre otros, de La France en révolte (Textuel, 2007). Es profesor en el King’s College (Londres).
Á l’encontre, 20-6-2011. Tradución de Faustino Eguberri para Viento Sur. Correspondencia de Prensa: germain5@chasque.net

Entendemos como sindicato a aquella organización de trabajadores/as que se organizan para la defensa de sus intereses sociales, económicos y profesionales dentro del entorno laboral y la actividad de producción. En la CNT somos los/as trabajadores/as quienes nos organizamos por ramos de producción formando sindicatos y estos sindicatos se federan entre sí en Federaciones Locales, estas a su vez en Federaciones Regionales y estas a su vez se confederan entre sí.

Pero esto tiene un problema, y somos las personas que por circunstancias sociales y económicas propiciadas por el estado y el capital, aun siendo trabajadores/as en activo, nos encontramos en situación de desempleo. Situación delicada para cualquier persona, que si se amplia en el tiempo puede acarrear terribles y dramáticas consecuencias tanto personales, como familiares y sociales desembocando en un terrible sock y en la exclusión social.

Como se esta viendo actualmente en este contexto en el cual los capitalistas tienen sometido a la clase obrera a una crisis sin precedentes en la triste historia del estado Español, mientras los políticos solo se dedican a seguir parasitando, chupando, robando del bote y los banqueros siguen engordando cada vez más. La protección social que garantiza el Estado (Estado del Bienestar) es pésima e insuficiente: Familias enteras con todos sus miembros en paro sin ningún tipo de subsidios, desestructuración, desahucios etc. El estado del bienestar tiene su raíz en evitar el malestar social que llevó a Europa a la Segunda Guerra Mundial. Es un pacto social que establece un reparte equitativo de los beneficios y de la riqueza entre la población. Actualmente, la miseria a la que estamos condenados los trabajadores/as es gestionado por ONGs y asociaciones formadas por buitres carroñeros, más que por personas con inquietudes sociales. El estado del bienestar, mandatado por el neoliberalismo, esta siendo desmantelado y privatizando. Las ONGs, asociaciones y otras empresas se lucran a costa de subvenciones y concesiones que reciben de los estados a costa de mantener la miseria bajo mínimos y ejercer actividades que para nada acaba con la miseria, sino que la aumenta y la mantiene. Por lo tanto hasta los pobres somos rentables aunque no produzcamos.

Como trabajadores/as que somos organizados en CNT, es deber nuestro el fomentar entre los compañeros/as pertenecientes al sindicato en situaciones tan delicadas como la de encontrarse en paro, la autoorganización de los mismos para su autoprotección social, el fomento y la exigencia entre la clase obrera de las reivindicaciones de la CNT para acabar con esta lacra que nos atormenta como trabajadores/as:

  • Jornada Laboral de 30 horas semanales sin reducción del salario.
  • Reducción de la edad de jubilación a los 55 años sin reducción del salario.
  • No a los destajos
  • No a las horas extra
  • No al trabajo temporal
  • Control por parte de los sindicatos de las bolsas de trabajo

Por tanto, la actividad de la asamblea de parados de CNT de Madrid consistirá en:

  • Creación de comisiones para hablar con las empresas.
  • Concienciación de otros trabajadores/as en INEM`s, ETT`s y otros lugares donde existan obreros/as en búsqueda de empleo
  • Impedir desahucios de nuestros/as compañeros/as
  • Apoyo mutuo entre los/as parados/as y todos los trabajadores/as en activo de la Federación Local para asegurar las necesidades básicas de todos nuestros compañeros/as mediante la autogestión.

La finalidad es la inserción en el mercado laboral con un puesto fijo, estable, bien remunerado que satisfaga las necesidades de nuestros/as compañeros/as para acabar con esta situación. Todo ello, claro está, coordinado con la lucha del anarcosindicalismo para las mejoras de las condiciones de los/as trabajadores/as y seguir impulsando a nuestra organización como herramienta lucha para la totalidad de la clase obrera y seguir construyendo el cambio social hacia el comunismo libertario.

Asamblea de Parados de Madrid CNT-AIT

asambleadeparadoscntmadrid.blogspot.com

asamblea de parados de madrid

 

13:00 Presentacion de la revista anticarcelaria Punto de Fuga

14:30 Comedor vegano (a 1e/plato) amenizado por grupo sorpresa

17:00 Mesa redonda + debate: “Las macrocarceles en EH”

Los posibles beneficios se destinaran para la publicacion anticarcelaria Punto de Fuga.

 

 

EKINTZA ZUZENA FILMS.

junio 22, 2011

ECOS DEL PASADO MAYO.

junio 22, 2011

Llegaron las elecciones y hubo
quien se descolgó de las asambleas
de los indignados para
unirse al rebaño de los seguidores
de la Gran Farsa y depositar
su papeleta en las urnas, a sabiendas
de que sus sufragios solo
servirían para adornar la victoria
de uno de los dos partidos homologados
en un bipartidismo al
viejo estilo de Cánovas y Sagasta.
Agustín García Calvo, en una
asamblea de la Puerta del Sol,
desvelaba en un discurso lúdico
y libertario las falacias que lleva
aparejadas el concepto de democracia:
un oxímoron, porque
cualquier poder está en contra
del pueblo. Abominando del futuro
y del Estado, del dinero y de
sus mentiras, el discurso de Agustín
roía hasta el hueso la putrefacta
encarnadura del Sistema.
Llegaron las elecciones y los
más corruptos recibieron la bula
electoral para seguir corrompiéndose
y se acomodaron aún
mejor en sus poltronas para recibir
el homenaje de sus electores
cómplices. Cánovas y Sagasta,
caciques y oligarcas, políticos
y banqueros bendecidos por la
Iglesia y guardados por sus ejércitos
y policías. Cuánto dura el
siglo XIX. Se prevén más podas
en los derechos, más sacrificios
cruentos ante el altar del dios fenicio
del Capital al que hay que
seguir apuntalando para que siga
explotándonos.
Pasaron las elecciones con más
pena y ninguna gloria, se hundieron
los socialistas que nunca
lo fueron. Ellos advertían de que
venía el lobo, al que ya habían
dejado entrar en sus rediles, y los
integrantes del rebaño votaron
para cambiar de pastor. Pasaron
las elecciones y, en contra de algunas
previsiones optimistas, no
creció la abstención, sino el voto
sumiso y orientado. Pero en la
Puerta del Sol y en tantas otras
plazas del país, una marea de indignación
se desató con fuerza
y sus ecos ensordecieron por un
momento el gorigori de los políticos
que empieza a sonar en millones
de oídos como un engañoso
canto de sirenas desgañitadas.

MONTXO ALPUENTE.