CONTRA LA DERROTA.

noviembre 9, 2011

CONTRA LA DERROTA.

No venimos de la nada.

El presente es un espejo del pasado, en él podemos leer los cambios acontecidos, los momentos que desembocaron en los días actuales. Es un espejo deformado, eso sí, que necesita mirarse con cuidado. Los recuerdos quedan lejanos, las peleas por apoderarse de la historia lo deforman, lo transforman, lo ningunean, y así la mirada hacia atrás está cada vez más enturbiada, más obnubilada.

Muchas miserias actuales responden precisamente al resultado de las luchas del pasado. Nuestro presente es la herencia de todas aquéllas que lucharon por un cambio radical en las relaciones sociales, es la herencia de la trayectoria revolucionaria, y ésta es la historia del fracaso, de la derrota.

Hay algo distinto en el final del asalto proletario de los años 60 y 70, ya que se trata de una derrota que no se basó tanto en el exterminio físico del proletariado en lucha1, –como ya había sucedido en la mayoría de los enfrentamientos de clase, por ejemplo en la Unión Soviética de los años 20 o en la posguerra del Estado español–, como de una abdicación de sus principios y valores y de una paulatina integración en la mentalidad moderna, en los códigos y comportamientos que generalizaba el Capital.

Sobra decir que en toda guerra hay muertes, por supuesto, pero de lo que hablamos es de que esta derrota consistió, sobre todo, en la asunción de una manera de pensar que negaba la cultura y la tradición obrera hasta entonces desarrollada, y alababa y se sometía a la de su hasta entonces enemigo de clase, el Capital.

El campo de batalla en el que pelearon las proletarias era un mundo en constante transformación, un mundo que cambió vertiginosamente su imagen hasta que no se reconoció, un mundo que se travistió e hizo perder a todo el mundo en su falsa novedad, un mundo al que una nueva intelectualidad llamó posmoderno cuando en realidad no se cambió esencialmente nada.

Lo que filósofas, sociólogas y otras intelectuales llamaron transición de la modernidad a la posmodernidad es un conjunto de cambios que no operan en un momento concreto, sino que son, en realidad, el desarrollo del capitalismo, el curso de su progreso. La evolución y transformación del tejido productivo, la ciencia, el saber, la técnica, la velocidad a la que circula la información y el nuevo papel que la entroniza, etc., son el resultado de una acumulación de conocimiento para incrementar la rentabilidad, la eficiencia y la máxima solvencia productiva; así pues, son una mejora del capitalismo. Estos cambios económicos favorecieron la mutación paralela de la mentalidad de la gente: sus costumbres, sus creencias, sus valores, el ocio, la manera de relacionarse con una misma y con las demás, etc.

Hemos asistido a una transformación económica, social, política y cultural, pero ¿qué significado tiene? De estos cambios decimos que no representan un nuevo sistema, una nueva sociedad o nada que se le asemeje, no son una ruptura clara con lo que se definía como modernidad. El orden que reina actualmente es el mismo que nació de la mano de la burguesía, sus fundamentos son los mismos: preservar la sociedad dividida entre aquéllas que dirigen y aquéllas que obedecen, reproducir el individualismo como unidad indiscutible, extender e imponer por todas partes las relaciones económicas que permiten la mercantilización de todo y la acumulación de capital. Evidentemente que la sociedad ha cambiado, pero sobretodo lo que ha cambiado es la manera de pensar y hacer de las personas, y con ello se ha favorecido la victoria aplastante del capitalismo.

SIGUE_LEYENDO.-_–

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