Contra los modos de integración del levantamiento.

Esto tiene que durar, tiene que seguir durando;  lo primero, porque es algo precioso por así decir,  algo inusitado, no previsto, no controlado por nadie, que por tanto viene de abajo,  del buen sitio, y ya por eso solo tiene que durar y seguir durando. Si acaso esto tiene que morirse, que se muera como se mueren las rosas. No hace falta que lo mate nadie.

Tiene que seguir durando también porque es una ocasión donde se pueden discutir cosas. Hay muchas cosas que discutir, muchas cosas en qué pensar en común acerca del sentido de esto que nos trae, de esto que nos mueve, y,  para eso, para discutir y pensar sobre eso, no vale el hacerlo en las casas de uno o de varios, ni en los bares ni de maneras más o menos familiares; hay que seguirlo haciendo aquí, en sitios como estos con bastante gente no contada, de manera que también por esa segunda razón, porque hay muchas cosas de qué hablar y hablar de esta manera,  esto tiene que seguir durando.

Tiene que seguir durando también para que esto se convierta en algo como una costumbre. Los que no tenemos o hemos renunciado a leyes, a reglamentos,  a organizaciones como las organizaciones que el Estado y el Capital tienen montadas, no tenemos como función otra cosa que eso, la costumbre. Tiene que seguir durando para que acabemos tomando esto tan inesperado, sin embargo, como una costumbre, a la que acuden y en la que se encuentran gentes hasta entonces  extrañas,  que se van entendiendo y encontrando entre los unos y los otros algo de lo común,  y para que esto se haga una costumbre tiene que seguir durando.

Y, lo último, tiene que tiene que seguir durando también para dar guerra, porque todos sabéis que las autoridades y las gentes bien asentadas en el régimen del bienestar están deseando que esto termine, se darán un gran suspiro en cuanto les digan “Se han marchado”, “Ha terminado”. De manera que yo creo que con esto basta: no podemos darles el gusto a los de arriba ni a las autoridades ni a nadie;  aunque nada más fuera por eso,  también esto tiene que seguir durando.

A lo que vengo aquí esta tarde es justamente a contribuir en lo que pueda a eso, a que esto pueda seguir durando, de una manera o de otra. No voy a ocuparme naturalmente de los medios del poder que pueden acabar con esto, no voy a ocuparme de las medidas que puedan tomar y no tomar, del empleo de los medios más o menos violentos. Toda esta faramalla es cosa de ellos, les corresponde a ellos, ellos son los que tienen que seguir decidiendo qué hacer o qué no hacer, y por tanto no es aquí de eso de lo que hay que hablar. Cuanto más nos olvidemos de ellos, de los medios, de la ordenación de arriba, mejor.

Vengo a hablar de lo que puede surgir de dentro mismo del levantamiento. Tal vez por afán de organización, de realismo, por cosas que os han enseñado en la escuela esa de la existencia, que está dominada por el dinero, podéis caer en proclamaciones, en pancartas que efectivamente están sirviendo para hacer lo mismo que ellos hacen, con los mismos medios. De manera que es contra eso contra lo que voy a hablar este poco rato.

Para evitar eso en lo posible, lo primero que hay que hacer es no aprenderse el lenguaje del poder, el lenguaje de los políticos, los comerciantes, los financieros, los hombres asentados en el poder, no aprenderse su lenguaje ni sus vocablos, no intentar hablar en revolucionario pero utilizando los términos que el poder utiliza. Eso no puede ser. No hay por qué saber qué es tasa de paro, que es F.M.I. que,  por fortuna en estos momentos ni me acuerdo de lo que es, qué es D.N.I. que, por supuesto, sí me acuerdo, maldita sea, ni tampoco estadística, ni tampoco cancerígeno, ni cualquiera de los términos que os han hecho aprender a través de los medios y de las escuela.… No se puede emplear el lenguaje del poder. El lenguaje del poder está ya viciado en sí. No se puede acudir a las jergas ni políticas, ni filosóficas, ni literarias establecidas por ahí. El único lenguaje de la protesta es la lengua corriente y moliente, esta en la que os estoy hablando. No os enseñaré probablemente ninguna otra cosa, pero si os enseñara con mi ejemplo que con la lengua corriente, la lengua vulgar,  se puede decir todo lo bueno que haya que decir, ya me contentaría con haberos enseñando algo. Esto es lo primero que no hay que hacer.

Lo segundo, lo segundo que no hay que hacer es levantar las manos al cielo, es decir, dirigir las protestas, las reclamaciones, las reivindicaciones, las peticiones, las exigencias hacia las instancias superiores de la sociedad, hacia el poder organizado. Hacer eso lo único que consigue es ratificar y hacer más fuerte al poder, puesto que se acude a él como el pordiosero acude al señor.  Y de las manos del señor, desde arriba, no puede caer nada bueno, no puede caer nada bueno. De forma que está claro que tampoco es eso lo que hay que hacer.

Tampoco se puede uno organizar según las organizaciones que justamente nos oprimen. No puede uno intentar contra ellas organizarse. Tampoco en este sentido se pueden utilizar contra el poder las armas del poder. Eso está bien claro. De manera que,  nada de nombrar comisiones, nada de nombrar representantes. A los que estamos aquí no nos representa nadie, ni Dios,  como en una pancarta se decía.  Ni comisiones ni ninguno de los otros trucos de la democracia. Como algunos de vosotros han sentido conmigo, el único órgano que la protesta,  que el levantamiento tiene es este: las asambleas libres, que tienen la gracia especial de que no se cuentan ni por el número de almas como el poder cuenta a sus súbditos ni pueden por tanto hacer cosas como votar y por el estilo que el régimen os ha enseñado… No se puede hacer nada de esto. Naturalmente este levantamiento, estas asambleas libres, de alguna manera se organizan pero como se organizan los seres naturales, los bichos y las plantas;  se irán organizando pero no con los medios, no con los esquemas que nos vienen impuestos desde arriba.

La cuarta cosa que no hay que hacer es tener futuro, el futuro es cosa de ellos, es un invento que nos viene desde arriba, el tiempo de los relojes y los calendarios contados y contados siempre por lo que le interesa ese cómputo al Capital en primer lugar y también al Estado en cuanto al número de almas. Son ellos los que a vosotros, los menos formados, por no llamaros jóvenes, os cambian la vida por futuro,  todos los días. Os dicen que tenéis mucho futuro y cuando os están diciendo que tenéis mucho futuro os ocultan  que con futuro lo que están diciendo es muerte, puesto que su función es la organización de la muerte. De manera que nunca esto que nos está pasando o estamos haciendo puede tener futuro. Justamente para que haga algo que no sea lo que ya está hecho, para eso tiene que no tener futuro. Es  la función sin la cual no se hace nada. Si hay futuro, si hay ya planes, si hay previsiones, si hay metas, si hay blancos a los que alcanzar estáis haciendo lo mismo que los ejecutivos del poder, no se va diferenciar en nada,  y, por tanto estaríais estropeando las posibilidades de que esto crezca y que en este sentido se organice por sí solo,  desde abajo.

Y quinta,  y para terminar,  cosa que no es posible: no aburrirse, no aburrirse, porque este, como muchos de vosotros saben conmigo, es el peligro mortal, está desde luego contenido en todos los cuatro que antes he expuesto, porque efectivamente cuando alguno esta vez bien  intencionado de entre vosotros os ha empezado a soltar rollos acerca de planes, de blancos, de consecuciones que hay que alcanzar,  inmediatamente habréis notado cómo os aburría. En cuanto se habla de futuro se aburre uno. Eso lo sabe el poder que, al mismo tiempo que os aburre todo lo que puede, al mismo tiempo está gastando mucho en divertiros, porque de esa manera el aburrimiento no se cura pero queda oculto por la diversión, y al mismo tiempo el Capital hace un negocio pingüe con la diversión. No tengo por qué contároslo. De manera que hay que actuar, hay que hablar de maneras que cumplan esta condición:  no decir lo que ya está dicho porque eso es aburrir y aburrirse uno: no aburrir.

Estas son en pocas palabras las principales prevenciones que quería presentaros para contribuir a que esto siga,  que siga durando. Por supuesto,  esto puede seguir durando de las maneras que ya lo está haciendo ahora, es decir, de una manera dispersa, por los barrios, por los pueblos. Ya hay muchas pequeñas asambleas por ahí;  incluso la extensión se espera que sea mucho más,  que salga fuera de las fronteras,  porque todo estro contra lo que luchamos no tiene nada de español, no es ninguna cosa de España, es del régimen del bienestar, de esta última oferta de la democracia que nos hunde. De manera que antes o después tiene que seguir repercutiendo entre otra gente de la menos formada en cualquiera de los otros sitios.  Así tiene que seguir,  así irá siguiendo en esas asambleas de los barrios y de los pueblos.

Pero eso no quita para intentar que sea aquí, aquí precisamente,  donde empezó a producirse la primera gran asamblea, aunque no sea tan esplendorosamente como al principio, pero que aquí, que aquí siga. Por lo cual yo por mi parte y en lo que pueda valer,  me comprometo en este momento a estar aquí el jueves que viene y cada jueves de los que sigan,  al pie del oso y del madroño. Lo repito: Si vengo aquí al pie del oso y del madroño, y  me encuentro con unos cuantos, pues se charlará, aprenderemos algunas canciones que pueden venir muy a cuento… Si algún día hay más que unos cuantos,  volverá a haber otra pequeña asamblea y efectivamente se seguirá manteniendo así la continuidad de esto que he presentado como el único órgano del movimiento para hablar en público y no en privado. Es por eso por lo que,  si el Señor no se enfada entretanto mucho y me manda su rayo justiciero, aquí estaré al pie del oso y el madroño el jueves que viene y los jueves sucesivos para ver qué tenéis que decir o qué es lo que nos  hace.

Agustín Grcia Calvo.

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